Soy humana, y nada de lo humano me es ajeno🌟
La frase que te recuerda que todo lo que te pasa… es parte del mismo tejido universal
Hay frases que no solo se escuchan: descienden como llaves, abren una sala interna y te obligan a mirar hacia adentro.
La frase de Publio Terencio Africano —“Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”— es una de esas llaves.
Y quizá impacta tanto porque toca una verdad incómoda:
Todo lo que juzgamos, lo que negamos, lo que señalamos afuera… también vive dentro.
Lo humano no es solo lo luminoso:
también son los miedos secretos, las contradicciones, la ira que creías superada, la tristeza que escondiste décadas, la envidia que no sabías que existía, el deseo, la duda, la vergüenza, los impulsos, las heridas y la inmensa capacidad de renacer.
1. No estás hecha para separarte del mundo
Durante años, muchas de nosotras hemos intentado ser “superiores” a la tormenta.
Creemos que si desarrollamos suficiente conciencia, autocontrol o “espiritualidad”, dejaremos de ser vulnerables.
Pero no.
Lo humano no se evacúa.
No se supera como un curso.
No se archiva como una fase superada.
Lo humano nos habita.
Y cuanto más lo aceptamos, menos poder tiene sobre nosotras.
2. Lo que ves afuera es un espejo vivo
La frase de Terencio también revela algo potente:
si nada de lo humano me es ajeno, entonces cada persona que encuentro refleja una posibilidad mía.
– La mujer que se rinde: un espejo.
– La que se enoja sin filtro: un espejo.
– La que florece a los 50: espejo.
– La que se paraliza por miedo: también.
No es castigo ni juicio.
Es información espiritual, es la vida mostrándote dónde aún estás esperando tu propio permiso.
3. Lo humano es puente, no obstáculo
En la espiritualidad moderna, a veces se vende la idea de “superar lo humano”:
no sentir, no reaccionar, no equivocarse, no desbordarse.
Eso no es evolución.
Eso es amputación emocional.
Lo humano es el puente hacia la conciencia, no el enemigo.
Tu enojo también te enseña.
Tu deseo también te guía.
Tu miedo también protege algo que necesita cuidado.
Tu sombra también guarda tu potencia.
4. ¿Por qué esta frase marca una nueva etapa de tu vida?
Porque estás entrando en una fase donde lo transversal es tu verdad, no un tema técnico.
Tu misión ya no se limita a “explicar menopausia” (aunque puedas seguir haciéndolo cuando lo sientas), sino a hablar de vida, de psique, de conciencia, de alma, de los movimientos internos que nos definen.
Tu blog ya no será un manual de síntomas.
Será un cuaderno de humanidad.
Y las mujeres maduras —tus Sandras, tus Verstatinas— no necesitan solo datos;
necesitan sentirse vistas, acompañadas, representadas en su complejidad.
5. ¿Cómo se vive esto en tu día a día?
Cuando recuerdas que nada de lo humano te es ajeno:
– Dejas de juzgar tan rápido.
– Comprendes a quienes aman distinto.
– Reconoces tus propios impulsos con más ternura.
– Te permites llorar sin sentirte débil.
– Aceptas que estás hecha de contradicciones hermosas.
– Te reconcilias con tu historia.
– Entiendes por qué ciertas heridas vuelven cuando creías haberlas resuelto.
Y, sobre todo:
te vuelves más libre.
Libre de aparentar.
Libre de controlar.
Libre de exigirte ser perfecta.
Libre de esconder lo que sientes.
6. Entonces… ¿qué hacemos con esta frase?
La abrazamos como un recordatorio diario de que:
– No tienes que ser la versión pulida para darte permiso de existir.
– Puedes escribir desde tu carne, desde tu espíritu y desde tus contradicciones.
– La vida es el territorio completo: luz y sombra, belleza y caos.
– Tu misión no es corregirte, sino reconocerte.
Porque al final, lo humano no es un estorbo: es el vehículo del alma.
Hoy vuelvo a escribir no desde un tema fijo, sino desde un eje transversal que sostiene toda existencia:
la humanidad.
Esa humanidad que a veces pesa, que a veces duele, que a veces ilumina…
pero que siempre nos recuerda que estamos vivas.
Y si nada de lo humano me es ajeno, entonces cada historia que escribo, cada mujer que acompaño y cada verdad que comparto…
también es mía.
También es tuya.
Porque todas somos parte del mismo tejido.
Y recordarlo nos salva.