Cuando el cuerpo entra en modo protección en la madurez

Hay un momento en la vida en el que una mujer se da cuenta de algo incómodo:
ya no reacciona como antes.

 
 

No es que sea más dura.
No es que se haya vuelto fría.
No es que “ya no sienta”.

Lo que ocurre, muchas veces, es más simple y más profundo a la vez:
el cuerpo se está defendiendo.

Las defensas no aparecen en la madurez

Se activan

En la madurez no surgen mecanismos nuevos.
Regresan los antiguos, los que aprendiste cuando sentir demasiado era peligroso, incómodo o inútil.

La diferencia es esta:
cuando eras joven, el sistema nervioso amortiguaba.
Hoy, con años de acumulación emocional, cansancio y exigencia, ya no filtra igual.

Entonces el cuerpo dice:
“Hasta aquí”.

Y entra en modo protección.

Defensa no es lo mismo que problema

Una defensa no es un fallo.
Es una respuesta inteligente que en su momento te permitió seguir adelante.

El problema aparece cuando:

  • esa defensa sigue activa

  • pero la vida ya te pide otra cosa

  • y el cuerpo está agotado de sostenerla

Ahí es donde empieza el desgaste.

Algunas defensas frecuentes en la madurez

No las leas para juzgarte.
Léelas para reconocerte.

1. Disociación funcional

Sigues haciendo todo.
Trabajas, resuelves, cumples.
Pero algo dentro está lejos.

No es apatía.
Es una forma de no sentir el impacto completo.

El cuerpo aprendió que sentir todo era demasiado costoso.

2. Racionalización constante

Todo lo explicas.
Todo lo entiendes.
Todo lo justificas.

Pensar se volvió un refugio.
Una forma elegante de no tocar el dolor.

No porque no puedas sentir,
sino porque no te sientes segura haciéndolo.

3. “Hacer como si nada pasara”

Minimizas.
Sigues.
Te dices que no es para tanto.

Esta defensa suele aparecer cuando has sido fuerte demasiado tiempo
y ya no hay espacio para caer.

El sistema nervioso en el centro

Cuando el sistema nervioso está desregulado:

  • el cuerpo se adelanta

  • la mente toma el control

  • la emoción se comprime

No es falta de voluntad.
Es biología en modo supervivencia.

Por eso no basta con “pensar positivo”
ni con entenderlo todo.

Una pregunta honesta

No para responderla hoy.
Solo para dejarla resonar.

¿De qué te estás defendiendo todavía?

No desde la culpa.
Desde la comprensión.

Porque muchas de esas defensas
fueron necesarias.

Pero hoy pueden estar agotándote.

Reconocer una defensa no te debilita.
Te devuelve margen de elección.

Y eso, en la madurez,
es una forma profunda de dignidad.

Si este texto te ayudó a entenderte mejor, quizá también le sirva a otra mujer.
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